Compartimos con vosotros una reflexión al hilo de hechos que hemos vivido recientemente y que nos hacen pensar en la necesidad de educarnos en la noviolencia.
Si este post te resulta sugerente, escríbenos con tus reflexiones. Muchas gracias.
Zygmut Bauman nos habla de la «sociedad líquida» haciendo referencia a que las estructuras jerárquicas y organizativas de la sociedad se han puesto en entredicho y las relaciones sociales pierden solidez. Lo cierto es que nuestra forma de pensar ha ido variando con los cambios socioculturales y es frecuente que en las conversaciones normales tengan más peso mis percepciones, mi emoción, mi experiencia única, mis sentimientos, que los hechos objetivos.
Estos cambios socioculturales también son un reto para las familias. Lo vemos por ejemplo en la confusión que se crea entre «autoridad» y «autoritarismo», ya comentado en las páginas de este blog, y el deseo de ser democráticos y cercanos en la educación y crianza de los hijos. En ocasiones los padres nos comentan que ellos no tienen ningún «poder» o influencia en la educación de los hijos. Pero sabemos que no es así. Sabemos que los padres siguen siendo referentes a lo largo del ciclo vital del hijo. Dimitir de esa faceta de la vida es irresponsable y los padres generalmente no lo desean.
Al mismo tiempo que ocurre algo de esto en el seno de las familias, hay cierta tendencia a la vigilancia social sobre la educación de los hijos y las familias. El hogar familiar pasa de ser el refugio seguro a un lugar peligroso que hay que vigilar. La protección social sobre la familia disminuye al tiempo que aumenta el control sobre su funcionamiento, más intenso sobre las personas etiquetadas como de «riesgo». Los MCS han puesto el foco en la violencia dentro de las familias y esto ha generado que las familias, la sociedad, deleguemos (con o sin nuestro permiso) en la administración y los instrumentos coercitivos. Esto que puede ser razonable en ocasiones, tiene un efecto pernicioso y es que se hace más difícil el espacio familiar íntimo de protección, sobre todo para las familias vulnerables.
En nuestro camino de terapeutas nos hemos encontrado con padres y profesionales que han cambiado la «vigilancia» por la noviolencia. Hechos y actitudes que nos han emocionado.
- Una doctora que ante un arranque de ira de la paciente deja lo que tiene entre manos, y dice tranquilamente algo así como «Me imagino que muchas veces no te han escuchado y te han impuesto cosas. Yo no voy a hacer eso. Tu hija es TU hija y tú decides. Yo sólo vengo a darte una información para que puedas decidir libremente. Sólo eso. No vengo a imponer nada».
- Unos padres que ante un hecho grave de violencia del hijo eligen la calma, se separan corporalmente, hablan bajo, con firmeza pero serenos, y le dicen que así NO. Y en la vida normal dan oporunidades y mensajes al hijo de que él puede cambiar.
- Una mamá de acogida que no juzga, que no fiscaliza los cuidados y da un abrazo emocionado a la mamá. Le dice que está con ella, que cuidará de su hija, que la entiende, que va a estar disponible, que la llamará, que puede estar segura…
- Un hijo adolescente que ante hechos de violencia mutua con su padre, elige la distancia física y trabajar por sus objetivos. Decide que él no quiere responder otra vez como su padre, que su padre quizás no sabe, no puede o no quiere; pero que él sí quiere mejorar su vida y ser noviolento.
- Una pareja que ha cruzado la raya pero quieren reconstruirse y hacer una relación mejor. Son personas que no se dejan arrastrar por sus carencias y heridas emocionales de la infancia. Luchan.
Me gusta la imagen de la elefante empujando a la cría. Es una imagen de promoción, de despegue. Los hechos que nos hemos encontrado, en nuestro camino de terapeutas, también nos animan, son ese empujón de la mamá a su cría.
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